El inmenso proyecto de la salud perfecta: las máquinas no enferman*

por Javier Bolaños

Algunas líneas introductorias

En 1995 Lucien Sfez escribe el libro La santé parfaite (La salud perfecta). Sfez es un profesor de la Sorbona, especialista en Comunicación y en Ciencias Políticas, que recorrió EE.UU y Japón para investigar cómo, en estos dos países, se articulaba el desarrollo en tecnología y en salud, y cómo, además, la primera impactaba sobre la segunda. Según Sfez la “salud perfecta” es una nueva ideología, producto principalmente de estos dos centros urbanos, que se sostiene en una construcción teórica que apunta a cambiar los procesos políticos mundiales (imponiéndose sobre estos) (2008, 10). ¿Qué se busca a partir de esta ideología? Según dice, una utopía que sirva de horizonte. Ojo, cuando Sfez dice “utopía” no lo hace en forma despectiva, sino que con ello explica que se trata, más bien, de una figura biotecnológica que busca la “purificación” general del planeta y del hombre (2008, 33).

Esta purificación se basa en tres pilares fundamentales: el proyecto general del genoma humano, las ciencias ecológicas y la vida artificial o la imitación electrónica de la vida.

Sfez asegura, como punto de partida, que todo biólogo y todo médico ya no trabajará con la salud del individuo sino, por el contrario, con la de todo individuo en tanto especie. Esto es muy importante pues ¿de qué materialidad estaríamos hablando si se trabajara solo con el individuo?

Si se pretende la salud perfecta del individuo en tanto especie, se busca, por lo pronto, encontrar el modo en que este pueda no morir, incluso que sea también hermafrodita y autosuficiente. Por supuesto también que sea estéril, que se transforme en un “alma única” (Sfez, 2008, 31), no reproducible (ya que la reproducción requiere división y, así, pérdida de la unicidad). Con esto se podría obtener, además, una visión global y clara de la sociedad futura.

La estructura concreta que se busca, según Sfez (2008, 33), conlleva un proceder ligado a que a cada individuo, antes de nacer, se le quite el riesgo de toda enfermedad hereditaria y la posibilidad, incluso, de enfermar en el futuro. Es decir que desde la medicina, por ejemplo, se apunte a una prescripción, en el sentido de un acto profesional, que indique o establezca un tratamiento a priori, y en ausencia de la presentación de los síntomas; como también, por supuesto, en ausencia de los individuos que los portan. Dicho de otro modo: se trabajará en el individuo por nacer.

Salud y época

Desde esta línea se buscan nuevas certidumbres y, desde ellas, se cuestiona la época. En concreto, si transitamos el camino de una postmodernidad (incluso de aquella llamada hipermodernidad), la cual tiene como principal característica el estar sostenida en fragmentos, se pretende instalar una ética que, mediante “pequeños relatos locales” (Sfez, 2008, 34), tienda a (LA) unificación. ¿Habrá un relato posible allí?, tendremos que esperar. En este proyecto (de unificación) se incluirán, principalmente, el proyecto general del genoma humano, la biología molecular, el proyecto de la ciencia ecológica llamado “Biosfera 2”, la vida artificial como imitación (entre las que se incluye la inteligencia artificial).

Vida artificial y filosofía

Es importante que introduzcamos una pequeña reflexión sobre el naciemiento de la ciencia, sobre la emergencia de aquella operación que pretendió alcanzar cierta certidumbre: Descartes sorprendentemente introduce a Dios en sus reflexiones, pero transformándolo (ese fue el ardid) en un producto (en dios). Pues, siguiendo su cogito “pienso luego existo”, podrá decir: existo así porque dios así lo quiere. De este modo, ese dios creado a conveniencia del planteo, y en función del método que establecía, cambia (sigo en esto la línea de los planteos de Jacques Lacan) la manera de tratar el acceso a la verdad: lo que no se puede atrapar, lo que falta alcanzar, según Descartes, es terreno de dios. Pero, y este es el punto, sí se puede deslizar la aplicación del método un poco más allá, pues a medida que avanza Descartes, ese dios pierde nada más que un poco de territorio. Y eso tampoco generará un problema al planteo, pues dios segurmente aparecerá siempre ocupando el lugar que hace falta. Así se crea a dios como un objeto desprendido, separado, separable de la operación científica. Algo fundamental para quienes la realizan. El cuadro antes descripto, le permite a un hombre de ciencia prescindir así de dios, pues él, al poder introducirlo y luego separarlo de la argumentación, podrá producir lo que quiera sin que le queden baches.

Se trata entonces de un método que permite que todo real en juego ya no esté afuera del sistema, que ya no haya un sentido externo al mismo, sino que, ahora, se lo alcanzará (producirá) gracias a él. Este real comenzará a jugarse en las redes del mismo sistema. Esto puso fin a las ideologías, porque una vez que ese real se produce, por supuesto, se lo podrá manipular.

Retomando lo dicho al principio: ¿de qué materialidad estamos hablando?; y ¿en psicoanálisis, con qué materialidad trabajamos? Debemos preguntarnos sobre ello.

El dios-ciencia

Pero antes tenemos otro problema a plantear, desprendido de lo hasta aquí expuesto, es a qué preguntas es necesario responder hoy. Algunos contestarán: a las de la ciencia. Supongamos que sí, y escuchemos cómo dichas preguntas-respuestas se multiplican, aparecen en forma de aluvión, sin control, desde diferentes vértices. La difusión científica conlleva este problema, es que bajo el título “ciencia” se dicen muchas cosas. Pero hay que aclarar que la difusión científica no tiene la misma lógica que la producción científica: por un lado se busca producir, obtener objetos, y eso implica un acto de creación de alguien que se ubica como quien no sabe y por ello es comandado por un método que sí sabe hacer, en cambio por el otro lado se presenta quien lo difunde, quien dirige su operación pero desde un saber totalizante (“eso está comprobado científicamente”). Esto último da lugar a la utilización de un saber (productos) sin contextualización. En psicología, por ejemplo, es habitual la aplicación de las últimas modificaciones o validaciones de determinado test en tanto instrumento que utiliza un profesional competente, sin ni siquiera conocer las políticas (o razones) de las cuáles estas surgieron. Algo se escamotea allí.

Vida artificial, ficción real

Vivimos, al parecer, en una época en la que se aprende a circular, que se va y se vuelve recorriendo, cada vez, ese todo-totalizante. Allí los cuerpos se transforman, se hacen virtuales en la medida que ya no valen por su materialidad corporal anatómica sino por la cifra que los soporta. Es que la cifra no es biológica ni anatómica (o estará hecha de alguna otra biología que no conocemos ya que puede simular bastante bien una anatomía ), sino tal vez del modo en que Jeremy Bentham planteaba esa materialidad que, si bien llamaba ficción, consideraba “real” (2005). Porque lo interesante de la cuestión es que toda realidad se presenta como ficción (incluso la verdad misma tiene estructura de ficción según Lacan (2008, 253)), no hay otro modo y Bentham lo sabía, por eso es que cobra tanto valor en sus planteos el uso, la utilización del mismo. De eso se trata aquella ficción benthaniana, que lo más real es el uso del material en juego.

Marvin Minsky (recientemente fallecido), importante informático y matemático del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en su libro La máquina de las emociones. Sentido común, inteligencia artificial y el futuro de la mente humana, plantea que los cerebros no funcionan de manera simple y por ello, para investigarlos, hay que hacer lo inverso a lo que hacen los físicos: hay que buscar maneras complicadas de explicar su funcionamiento, plantear problemas más complejos, porque “a mayor escala” ello hace que la tarea, la operación, el uso, sea más sencillo, dividir por ejemplo en partes algún viejo y enorme misterio y sustituirlo por varios problemas menores y nuevos (2010, 12). En esta línea, señala que los hombres nacemos con una gran cantidad de recursos en nuestras mentes, aprendemos a utilizarlos y a desarrollar más recursos, lo hacemos en interacción con otros, logramos pensar sobre pensamientos que ya tenemos lo que nos permite conocer y acumular recursos. Aprendemos a pensar en distintos niveles y podemos pasar de uno a otro nivel con facilidad (2010, 169). Sin embargo, plantea, siempre hay un límite: no se pueden utilizar recursos indiscriminadamente, el cerebro tiene una posibilidad limitada de usar recursos. Allí aparece algo importante: en el intento por ir más allá de ello reconoce que con cada avance se exponen problemas nuevos, cada cambio introduce problemas nuevos, conlleva a peligros que se hacen evidentes cuando cambia el entorno: señala que cuando se realiza un avance en concreto aparecen problemas que no estaban en la etapa anterior (2010, 187). Y, además, afirma que ningún cerebro es único (lo cual plantea otro problema) pues si bien se forma con pares de genes heredados, biológicamente hablando, el modo en que estos genes se eligen y configuran es azaroso; sumado a que en el desarrollo temprano del cerebro hay accidentes.

Las máquinas, por supuesto, no estarán sujetas a tanta variabilidad. En este punto diferentes científicos, incluso el mismo Minsky, se preguntan cómo ha hecho la evolución para solucionar los problemas de manera tan “perfecta”. Es bastante claro que los cambios son perfectos porque los miramos de adelante hacia atrás. Ellos también lo saben. Tal vez el libro podría haberse llamado entonces La salud (fue) perfecta. Al parecer Minsky acuerda con ello ya que su hipótesis radica en que hay que construir vida artificial para saber cómo se hace la vida (2000, 153), de lo contrario no hay forma de entender los procesos evolutivos que se preguntan por el origen de los sucesos. Producir y explicar “luego” la vida, permite consumar el objetivo de tener bajo control las fallas.

Pero hay obstáculos y Minsky lo sabe también y llamativamente plantea lo siguiente:

“[…] cuando un programa que ha estado trabajando perfectamente durante años comienza a cometer errores, aunque se supone que nada ha cambiado, suelen decir que se está pudriendo. Aún hoy, los programadores se pasan la mayor parte del tiempo intentando que los programas funcionen a la perfección. El resultado ha sido una tendencia generalizada a hacerlo todo más preciso –a convertir la programación en una ciencia en vez de un arte, haciéndolo todo con una perfecta precisión lógica-. Pienso que este no es el buen camino. Después de todo, ¿qué quiere decir que algo funciona a la perfección? La idea misma solo tiene sentido en un mundo rígido, inmutable y completamente cerrado, como los que inventan los teóricos. En efecto, podemos hacer programas impecables sobre la base de modelos matemáticos abstractos fundamentados en asunciones que se especifican de una vez para siempre. El problema es que en el mundo real no se puede hacer esto, porque los demás están siempre cambiando las cosas” (Minsky, 2000, 146).

Y por eso, incluso en la más alta y precisa tecnología, si hay uso, ineludiblemente habrá falla. Es que uno pone sin saber qué pondrá el otro (si es realmente otro). Tal vez esto tenga que ver con el retorno de algunos trozos de aquel dios al que se creyó conveniente.

Las políticas del orden público. El problema en salud mental y el goce.

¿Qué papel juega la salud mental en todo esto? Jacques-Alain Miller responde: como una fuerza de orden público (2007, 119). Pero hay contrapartida: son los propios individuos quienes hoy piden ser ordenados (Miller, 2004, 41).

Si hablamos de salud mental, ¿a qué concepción de hombre nos remitimos? No podemos dar esa respuesta por fuera de un contexto político, pues tras ello hay intencionalidades (lo que delimita un campo de acción y una circulación de los objetos de diferentes campos y dispositivos de funcionamiento). La acción allí reside en brindar asistencia agregando recursos a un individuo (por considerarlo con déficit), sin advertir que al realizarlo también hacen in-consistir el destino del mismo (desde el momento que alguien le da un objeto a otro, le introduce un problema). El recurso se ofrece como un agregado pero con ello se genera también un agujero del que solo el psicoanálisis se ocupará con seriedad, pues la oferta de la salud mental ante esa dificultad generada será, por supuesto, continuar con la suma y la acumulación de recursos.

Y sepamos entonces que el ordenamiento, que consideramos necesario siempre y cuando sea público, estará destinado a dirigir el destino de todo-sufrimiento.

Minsky, como muchos que trabajan en inteligencia artificial o en salud mental, (pues no son tan distintos), operaba con materialidades concretas (no tanto así en salud mental), y en psicoanálisis, lo que tal vez sorprenda a muchos, también se lo hace. Pero en este último ya no se trata de apuntar a una suma de elementos, ni de la síntesis, tampoco se trata de la buena comunicación o conexión, ni de alcanzar objetivos útiles: se hace un trabajo preciso con aquello que, paradójicamente, no sirve para nada pero sin embargo devasta la vida, el goce de cada uno.

Es que lo que dispone al individuo no es lo que sueñan los idealistas y mucho menos algún propósito articulado al bien-común. En cada uno se cuela ese exceso que no se dirige a ninguna parte, eso que parece no ser necesario pero sin embargo se repite una y otra vez. El individuo insiste en obtener nada más y nada menos que pura satisfacción. Ninguna máquina, hasta donde sabemos, está hecha para un fin tan inútil.

El ideal de purificación frente a la falta ineludible

La purificación, tal vez prometida, de la salud mental implica eliminar (o aliviar) el mal-estar. Pero sin embargo ese mal “real” sigue sucediendo. Y eso no es producto de alguna nueva (o vieja) enfermedad del cerebro, sino, como decía Oscar Masotta siguiendo a Lacan, es que estamos sostenidos en un mal lugar (Masotta, 2006, 99): y esto es ineludible. Pero esto no solo lo dijo Masotta en 1976, ya en 1934 un médico cordobés decía “(…) vamos en camino de advertir cómo lo normal del hombre es patología y cómo su vida es enfermedad” (Orgaz, 2014, 50).

Con esa materialidad  se trabaja en psicoanálisis: con ficciones reales (al estilo benthamiano) solo que, a partir de Jacques Lacan, en psicoanálisis se opera con un real que acontece en el sistema (de ficciones) pero no forma totalmente parte de él. Justamente porque el individuo goza es que algo, inevitablemente, no encaja. Esa es la razón por la que debemos repreguntarnos por la precisión en nuestro quehacer (Bolaños, 2015, 71), no tenemos tiempo que perder pues tal vez, hoy en día, tampoco tengamos tantas oportunidades para actuar.
* Artículo basado en la clase dictada el 24 de octubre de 2013 en el marco del seminario “Sobre la problemática idea de Salud” dictado por Julieta Lucero, vicepresidente y miembro fundador de la Fundación Salto.

* En Revistas Saltos 4.

Referencias bibliográficas

Bentham, J. (2005). Teoría de las ficciones. Madrid: Marcial Pons.
Bolaños, J. (2015). “De lo necesario de la precisión en psicoanálisis” en Revista Saltos 2. Córdoba: Fundación Salto.
Lacan, J. (2008). La Relación de Objeto. Buenos Aires: Paidós.
Masotta, O. (2006). Lecciones de Introducción al Psicoanálisis. Barcelona: Gedisa.
Miller, J.A. (2004). Psicoanálisis y política. Buenos Aires: Grama.
Miller, J.A. (2007). Introducción a la clínica lacaniana. Barcelona: RBA Libros.
Minsky, M. (2000). “Máquinas inteligentes” en La Tercera Cultura. Barcelona: Tusquets.
Minsky, M. (2010). La máquina de las emociones. Sentido común, inteligencia artificial y el futuro de la mente humana. Buenos Aires: Debate.
Orgaz, J. (2014). “La vida como enfermedad” en Revista Saltos 1. Córdoba: Fundación Salto.
Sfez, L. (2008). La salud perfecta. Buenos Aires: Prometeo.